
Este fin de semana he probado a qué sabe mi sangre y no me ha gustado nada, desde el placaje de mi hermana Inés por la espalda y el rebote contra el radiador de la yaya, que parezco un payaso de circo, llevo la nariz como un pimiento morrón y me cuesta comer por la herida del labio. Espero no volver a repetir la experiencia.
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