Este fin de año, por primera vez, lo hemos celebrado a casa de Pere con los amigos de mamá. Allí nos han mimado con todo tipo de tonterías: matasuegras, pelucas, antifaces... En fin, que con tanto alboroto sólo hemos comido aquello que podíamos coger con una mano: básicamente jamón serrano, patatas fritas y pasteles.
La ocasión requería etiqueta porque además los y las cuarenteañeros celebraban su cumple, así que nos pusimos nuestras mejores galas. El rojo no podía faltar.
Gracias a la repostera Paloma, compensamos los kilos de sal del jamón serrano y las patatas fritas con otros tantos kilos de azúcar en forma de cupcakes en forma de arbolitos navideños y tarta.
Una, dos, tres, cuatre, cinc, nueve, dotze...Tengo que repasar en casa los números, ¡y los idiomas!. Menudo lío me van a dar las uvas y yo todavía sin cuadrar las cuentas.
A pesar de no parar desde las ocho, aguantamos como campeonas a las campanadas de fin de año. Eso sí, con la última campanada caímos rendidas y para casa a dormir con papá.






No hay comentarios:
Publicar un comentario