Gracias a los centímetros crecidos desde la última vez que vinimos, hemos podido estrenar algunas atracciones como subir a los caballitos mecánicos que, a pesar de la sentenia del operario de 'si suben ya no podrán bajar más', no hemos perdido el valor y hemos aguantado como valientes todo el camino, yo con mamá y Eva con papá que debía tener la misma cara de susto y concentración que yo para demostrar que somos unas amazonas es
tupendas.
Tras dominar a los caballos mecánicos salvajes, los del tio-vivo han sido 'pan comido', aunque el palo que sujetaba al de Inés tendrán que repintarlo por los apretones que le ha metido.
Lo de los patos voladores, es otro cantar (o graznar). Resulta que llevan un volante que los hace subir y bajar y mi hermana Inés se ha hecho con ellos nada más entrar, convirtiendo en otro pato (mareado) a mamá al salir del bicho.
Eva se ha hecho buena amiga de la peque del grupo, Martina, y debe haberle caído muy bien porque incluso ha compartido su helado con ella. Si voy yo cualquier día y le pido un poco, me envía a paseo, desde luego, tener hermanas para esto.
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