Y es que ya no hay quien nos aguante encerradas en una casa, supongo que lo de bajarnos a la plaza vino por la persecución que le hicimos a Budy, el gato de los yayos.
No había escapatoria para él, por el patio tirón de rabo y por la habitación a meterle el dedo en la oreja. Desde luego si hay un cielo para gatos, fijo que ya tiene ganada una buena parcela.
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