Ya nos olíamos que la prometida vueltecita dominguera por el pantano podía convertirse en caminata agotadora, las botas de montaña y la mochila llena de provisiones lo hacían presagiar, y así fue.
Al principio todo muy bien, árboles, pajaritos, agua a mogollón y palos, muchos palos con los que jugar.
Y además frambuesas silvestres, mmmmm, ¡qué buenas!.
El momento más complicado vino al atravesar un riachuelo. El cansancio acumulado y las piedras resbaladizas hicieron que papá y mamá acabaran con los pies fresquitos. nosotras indemnes.
El final del recorrido fue duro, duro. Un kilómetro casi vertical que acabó con las pocas fuerzas que nos quedaban pero como campeonas, llegamos al pueblo de destino gracias a la promesa de mamá de hacernos un gran aperitivo en el primer bar que viéramos.Al pueblo llegamos, pero al bar nos tuvo que llevar por turnos a hombros papá, porque nuestro límite de 3 km. ya se había superado y las fuerzas se habían agotado por completo.
Y lo prometido es deuda, pedazo de aperitivo en el pueblo para recuperar todas las energías perdidas.







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