Nos tocó abrir el acto, así que los nervios hicieron que la coordinación fuera un poco desastrosa, pero nuestras incondicionales madres gritaron como un club de fans quinceañeras.
Luego subimos a la clase donde repartimos regalos a las maestras y monitoras que nos han cuidado y educado todo el año, soportando nuestros berrinches y cabreos. Parece que todos los regalos les gustaron, pero especialmente el dibujo del poblado indio con todas nuestras caras.
Tras los regalos, vinieron los helados que, por mucha educación a la mesa que hemos recibido, el hambre nos pudo y nos dejamos el protocolo en la puerta de casa, especialmente Inés que acabó con una perilla de chocolate.




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