Eva estaba emocionada, tanto que se subió en el comedor de casa y no se bajó hasta que se dió más vueltas que una peonza con papá y la tía como si lo hubiera hecho toda la vida, no le tiene miedo a nada.
Como todavía no andamos equipadas con el casco homologado, las mallas y la botella de agua, sólo estuvimos dando vueltas por el carril bici de enfrente de casa, pero fue muy emocionante la sensación de velocidad que ni nuestro carrito ni el triciclo llegan a coger.
Inés al final decidió subir a la bici y yo cogí el triciclo, pero se quedó frita a las pocas pedaladas, total que no se enteró de nada, sólo recobró la consciencia minutos después al sentir el olor de la cena.
Tendremos que repetir la experiencia cuando nos levantemos de la siesta, porque el balanceo y el mareo de ver pasar las cosas tan rápido hay que reconocer que te atonta bastante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario