Este año hemos repetido la excursión a los campos de cerezas para ahorrarnos el postre al menos diez días.
Este año ha habido mogollón de afluencia de amigos con sus papás, éramos más de veinte almas, a este ritmo vamos a montar una agencia de viajes campestres.
Toma!, he cogido cuatro de un tirón y sin despeinarme.
Qué cara tienen los mayores, mira que decirnos que comemos más de las que cogemos. No sé por qué dicen eso.
A ver, las que midan menos de un metro recogen las del suelo, y las más altas las de los árboles.
Vaya!, pues parece que los peques no se lo han tragado, aunque había que intentarlo.
Al finalizar la cosecha, nos fuimos al merendero de lo alto de la ermita del pueblo a zampar y jugar con los columpios. Desde allí las vistas eran espectaculares y no pude evitar echarme un pis para ver si llega hasta el pantano.





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