Un pequeño grupo de supervivientes nos hemos adentrado en lo más hondo de nuestra tierra para dar con el remedio natural a nuestros males: la vitamina C.

Pero antes de meternos al tajo, lo primero tras un viaje de hora y media era estirar las piernas, así que nos fuimos al parque del pueblo a jugar en todos los columpios que habían, daba igual si eran de la zona de bebés, niños o ancianos, no se libró ni uno.
Y tras tanto jugar, nos metimos un almuerzo de esos que toca hacer en los pueblos, con un montón de cosas y a lo grande.
Como el parque estaba junto al azud, que es como una presa donde se coge el agua del río, nos fuimos allí a ver las cascadas y a tocar el agua helada. Vamos, lo ideal para acabar con un resfriado de 2 semanas que no curan ni media tonelada de mandarinas.
Y por fin, nos fuimos a por las mandarinas milagrosas. Mi madre dice que milagroso fue que no nos cortáramos un dedo con las tijeras o nos las claváramos porque estábamos todos tan emocionados que no parábamos de correr por el campo con las tijeras en la mano enseñando a nuestros amigos los ejemplares que cogíamos.
Al final, cuatro de nosotros nos organizamos en plan cuadrilla rural para mejorar la técnica: una coge la caja, dos cortan y otra de capataz mandando. Ya os podéis imaginar quién era, sí, mi hermana Eva que sólo le falta un látigo y una gorra que ponga 'nacía pa mandá'.
Bueno , el caso es que al final del día llenamos 4 capazos, 2 bolsas y alguna caja. Creo que el miércoles pasamos de ir al cole y nos vamos al mercadillo a montar una paraeta de mandarinas.
Buenas, bonitas y baratas, vamos señoras, que me las quitan de las manos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario