12 de febrero de 2014

A por mandarinas

Este fin de semana nos hemos ido a recoger mandarinas a Antella (Valencia) para evitar que se extienda la epidemia de catarros que hay en nuestra clase.
Un pequeño grupo de supervivientes nos hemos adentrado en lo más hondo de nuestra tierra para dar con el remedio natural a nuestros males: la vitamina C.




Pero antes de meternos al tajo, lo primero tras un viaje de hora y media era estirar las piernas, así que nos fuimos al parque del pueblo a jugar en todos los columpios que habían, daba igual si eran de la zona de bebés, niños o ancianos, no se libró ni uno.









Y tras tanto jugar, nos metimos un almuerzo de esos que toca hacer en los pueblos, con un montón de cosas y a lo grande.

Como el parque estaba junto al azud, que es como una presa donde se coge el agua del río, nos fuimos allí a ver las cascadas y a tocar el agua helada. Vamos, lo ideal para acabar con un resfriado de 2 semanas que no curan ni media tonelada de mandarinas.




Y por fin, nos fuimos a por las mandarinas milagrosas. Mi madre dice que milagroso fue que no nos cortáramos un dedo con las tijeras o nos las claváramos porque estábamos todos tan emocionados que no parábamos de correr por el campo con las tijeras en la mano enseñando a nuestros amigos los ejemplares que cogíamos.


Al final, cuatro de nosotros nos organizamos en plan cuadrilla rural para mejorar la técnica: una coge la caja, dos cortan y otra de capataz mandando. Ya os podéis imaginar quién era, sí, mi hermana Eva que sólo le falta un látigo y una gorra que ponga 'nacía pa mandá'.


Bueno , el caso es que al final del día llenamos 4 capazos, 2 bolsas y alguna caja. Creo que el miércoles pasamos de ir al cole y nos vamos al mercadillo a montar una paraeta de mandarinas.
Buenas, bonitas y baratas, vamos señoras, que me las quitan de las manos.

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