18 de mayo de 2013

Recogiendo cerezas




Por fin llegó el día de irnos a recoger cerezas a la montaña. Llevábamos toda la semana esperando y deseando que no lloviera para poder traernos un montón bien grande.
La verdad es que las cestas que nos compraron, al principio parecían enormes para nuestras pequeñas manos, pero luego lo agradecimos, así entraron cerezas para alimentar una semana a una familia numerosa.





Eva, como siempre, prestó atención a las explicaciones de Ricardo, el dueño, para saber cuáles coger y cómo, así que las suyas tenían mejor pinta.
El resto nos lanzamos a la desesperada a cogerlas todas, blancas, rojas, moradas...algunas con rama y todo. Éramos como Atila y los hunos, por donde pasamos seguro que no vuelve a crecer ninguna cereza.






Yo me dediqué a llenar la cesta a tope lo más rápido posible, cosa que fue bastante fácil porque me dieron una cesta que parecía más adecuada para llevar media docena de huevos que cerezas.
La verdad es que se agradeció que los árboles fueran bajitos para que pudiéramos llegar fácilmente que yo de coger cocos de palmera, como que paso.
Y al final todos llenamos nuestras cestas. Eva e Iván se lo curraron más que Paula y yo que llevábamos mini cestas.
El caso es que acabamos la jornada todos contentos con nuestro trabajo y cargaditos de vuelta al coche.

Y ya que estábamos puestos a recoger cosas del campo, nos fuimos a recoger flores de las que vemos y nos enseñan en el cole: amapolas, margaritas, lilas, e incluso una especie rara de orquídea. Me faltaron el girasol y el tulipán que por más que busqué no hubo manera.















Y de camino de la zona de picnic paramos en un pantano que es como un mar encerrado por unas puertas gigantes que cuando está muy lleno las abren para que salga.
La verdad es que los pobres peces se deben de pegar un trompazo importante cuando abren las puertas.





Y por fin llegamos a la zona de picnic. Allí había una mini casita para que los más pequeños pudiéramos comer en la intimidad, lejos de los pesados de nuestros padres que están todo el rato controlando lo que hacemos y comemos.
Sorprendentemente no vino ninguno a ver qué hacíamos.
Mi hermana Eva, superó el trauma de subir a un columpio tras la herida que se hizo la última vez y lo pasó genial balanceándose.

El resto también subimos a sentir el aire del campo mientras volábamos, porque vaya empujones nos metía mamá, un poco más y acabo encima de un pino.

El campo es increíble, tiene un montón de flores y cuesta decidir cuáles coger y cuáles no. Voy a coger una margarita para ayudarme: si, no, si, no, si, no...



A Eva le dio por asomarse al río para ver si pasaba algún pez de los que vimos más arriba en el pantano, pero nada, sólo pudo ver unos mosquitos patilargos que andaban por encima del agua y oír de lejos a alguna rana cabreada por nuestra presencia.















Después de comer decidimos jugar todos juntos un partido de fútbol. Las chicas decidimos hacer un frente común en nuestra portería para que no entrara el balón pero no funcionó, se la colaron a Eva al primer tiro y encima se le enredaron las piernas y cayó de culo, así que el plan B fue quedarnos quietas cerca de la portería contraria y esperar que algún balón despistado cayera en nuestros pies.




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