Lo mejor de la tarde fue descubrir el Tio-vivo de la Plaza Wilson. Nunca habíamos visto algo igual, tenía 2 pisos para subir y frescos tipo Renacimiento en el techo, como en las iglesias.
Nos subimos a dos caballos que subían y bajaban a toda pastilla, fue alucinante.
No nos hubiéramos ido de allí sino fuera porque nos sobornaron con ir a cenar a una pizzería.
Y por la mañana...un relajante paseo por el jardín japones que teníamos junto al hotel.
Alucinante las estatuas que se montan estos japos con desechos de coches, son como MacGyver en versión asiática.
Luego, paseo por el centro de la ciudad para coger más tarde un barco (Peniche) por el río Garona. Afortunadamente esta vez no se estropeó y pasamos por puentes y esclusa con tranquilidad. No quiero imaginar lo que hubiera sido remar con unas 50 personas en el barco.
Por último y a petición de los peques, nos montamos en La Noria, que es una versión más pequeña del Ojo de Londres pero más emocionante ya que allí no están las cestas cubiertas y encima dan vueltas sobre sí mismas. La pobre de mamá acabó más amarilla que su camiseta, pero por nosotras superó su fobia a las norias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario