Como ya está todo decorado de Halloween, aprovechamos para disfrazarnos y pegar algunos sustos. Con las risas que provocábamos a los asistentes y las fotos que nos hacían podríamos haber pedido comisión por hacer de extras en el parque.
Lo primero que probamos fue el barco balancín que nos advirtió de lo que le esperaba a nuestro sentido del equilibrio.
Luego probamos los coches de choque, pero entre que había que apretar el pedal y mover al mismo tiempo el volante hacia el lado correcto, fue un desastre, nos movimos sólo en círculos y marcha atrás.
Lo mejor fue que con el modelito que llevábamos nadie se atrevía a chocarnos, tendría que contratarnos la DGT para su campaña anual.
¡Vaya panda!, si el cocodrilo pudiera hablar o largarse cuando vienen salvajes como nosotros...
Las tacitas no estaban mal, pero como te toque de compañía alguien que disfrute pegándoles vueltas a todo trapo, acabas más mareada que si las hubieran llenado de whisky.

Pobre cerdito, entre lo esmirriado que está y lo que pesamos, seguro que pide una baja permanente por lesión medular, ¡con lo bien que estaría en el matadero!.
No, no es un atraco, sólo comprueban que entramos con los mismos brazos que salimos.
Aquí las dos histéricas como si acabaran de ver a Justin Bieber.
Alucinante lo ocurrido en la pequeña montaña rusa, los padres acabaron más blancos que nuestros huesos y nosotras encantadas. ¡Serán caguicas!. A la próxima visita nos montamos a todo, sin censura.
Bueno, subimos a muchas cosas más que antes nos estaban prohibidas: el laberinto, los rápidos, etc. así que acabamos 'reventás' y mañana encima cole, buf qué pereza.



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